4. La flauta mágica

La flauta mágicaEntre paréntesis, en 1958 me casé. Es curioso, pero para mucha gente el matrimonio significa la resignación de ambiciosos proyectos. La mujer, para ocuparse de la casa y de los chicos; el hombre, para ganar el sustento en lucha desigual. Nosotros también, pero después de casados Alba comenzó y terminó su licenciatura en Sociología; yo me zambullí de lleno en el periodismo y en la música. No me parece necesariamente un mérito. Apenas una anécdota significativa.

Ese año decidí estudiar música seriamente. A los 23 años, me sentía viejo para intentar piano, violín o arpa. Como finalistas, quedaron sólo el oboe y la flauta traversa. Tenía ciertas preferencias por esta última, porque en mi fantasía escuchaba un sonido parecido al silbido humano. Y yo silbaba bien, porque tenía cuatro años cuando mi primo Elio me enseñó, tenazmente, a obtener melodías de ese maravilloso instrumento natural.

La polémica oboe-flauta se resolvió por casualidad. Todos los melómanos recordarán que 1958 fue un año excepcional para el Colón porque, con motivo de su cincuentenario, sus autoridades tiraron “el teatro por la ventana”. Nunca después se programó una temporada de tanta jerarquía. Una noche, la Orquesta Estable interpretó la Sexta Sinfonía Pastoral, de Beethoven. Solista de flauta: Bruno Bragato. Tocó como los dioses. Y allí se decidió todo.

Los pasos siguientes no fueron fáciles. Fui a la Asociación del Profesorado Orquestal y -con ese arrojo que solemos tener los tímidos cuando huimos para adelante- pedí hablar con el presidente. Este, asombrado, me recibió a pesar de no tenerme en la agenda de ese día. Y, quizá contagiado por mi entusiasmo, Benito Scaglia me dio el teléfono particular de su amigo Bragato.

La primera vez que llamé, la señora me dijo que el maestro no estaba. La sexta, que el maestro tenía muy pocos alumnos, y ninguno de ellos principiante. Y así durante nueve meses. Hasta que un día, milagrosamente, el propio maestro atendió la llamada (imposible confundir su ronco castellano con acento friulano). Su esposa, María “Beba” Bragato, había viajado imprevistamente a Montevideo y él, finalmente, accedió a conversar conmigo porque tenía curiosidad por conocer a este insistente aspirante a flautista. El encuentro fue de opereta:

-¿Así que usted quiere estudiar la flauta?

-Sí, maestro.

-¿Tiene flauta?

-No, maestro.

-¿Sabe teoría?

-Estudié cuando chico, pero me olvidé.

-¿Y solfeo?

-Un poco.

-Vea, yo le puedo recomendar a unos colegas…

-No, maestro. Yo quiero estudiar flauta con Bruno Bragato, el mejor.

-Mire que había sido testún (cabeza dura)… Ahora sé por qué llamó por teléfono durante nueve meses. Me gusta su entusiasmo, pero vamos a hacer un trato. Estudie unas cuantas lecciones de solfeo, y trabajaremos un par de meses. Si no tiene condiciones, lo tiro por la ventana. Ni usted ni yo tenemos tiempo para perder.

-¿Cuánto me va a cobrar?

- Nada.

(Volví a su casa el 15 de marzo de 1959, a las cinco de la tarde.)

-¿Hasta dónde estudió?

-Hasta la lección Nº 50 -respondí, con sonrisa triunfal.

-A ver. Lea la 51.

(Fueron dos meses de estudiar solfeo como una obsesión. Y después.)

-Vea, Morero. Usted tiene a favor entusiasmo y musicalidad. En contra, sus nervios, la edad, los compromisos familiares. No debe pensar en hacer de esto una profesión, pero igual nos vamos a poner a trabajar. Además, ahora tiene flauta. Le compré este instrumento a la hija de un viejo flautista rosarino ya fallecido. Estaba guardada en un baúl, pero todavía suena.

(Y me entregó una pesada flauta de ébano, bastante vetusta, pero que a mis ojos era la mismísima flauta mágica que soñó Mozart.)

-¿Cuánto le costó, maestro?

-1.250 pesos.

-Pero yo no tengo esa suma

-Bueno. Me la pagará como pueda.

-¿Y las lecciones?

-Después hablamos.

-No. Si usted no me cobra, yo no estudio.

-¡Ufa! Siempre el mismo testún. Está bien: págueme los cigarrillos.

(Una de mis preocupaciones fue, desde entonces, averiguar cuántos paquetes de Saratoga rubios fumaba el maestro Bragato para, todos los fines del mes, simular que escondía bajo un jarrón del living los 200 pesos de honorarios que él no se resignaba a cobrarme.)

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Publicado en on 17 abril 2007 at 4:55 pm  Dejar un comentario  

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