Biografía de Sergio Morero

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Sergio Morero nació en la ciudad agrícolo-ganadera de Rafaela, provincia de Santa Fe, el 5 de mayo de 1935 a las 5 de la mañana. “Era domingo”, precisa. A fines de 1939 se trasladó con toda su familia a La Falda, en pleno valle de la Punilla cordobesa.

En noviembre de 1949, poco antes de cumplir 15 años, decidió mudarse a la Capital Federal con el firme propósito de conquistar la gran urbe, “lo que no he conseguido hasta esta tarde”, confiesa.

Sus tres vocaciones se despertaron casi simultáneamente: en 1957 ingresó como peón a los talleres gráficos de la Editorial Emilio Ramírez, antesala de su carrera periodística; en 1958 se casó con Alba; y en 1959 inició sus estudios de flauta con el maestro Bruno Bragato.

Emilio Ramírez editaba, entre otras, las revistas Vea y Lea y Damas y Damitas, pero imprimía además publicaciones de gran tirada como Hora Cero y Tía Vicenta.

En 1960 pasó a la redacción de esta editorial, desempeñándose al principio como coordinador de las revistas de fotonovelas para pasar luego a la redacción de Vea y Lea.

En diciembre del 2000 se retiró de la actividad editorial. “De esta carrera periodística rescato como fundamentales para mi formación profesional el paso por Primera Plana, Siete Días y la revista Teatro del Teatro San Martín -en esta última fueron publicadas las entrevistas que integran este libro-. Y las enseñanzas de notables maestros como Ambrosio Vecino, Norberto Firpo, Ramiro de Casasbellas, Ernesto Schoo y Tomás Eloy Martínez”.

Su actividad musical se extendió desde 1963, cuando dio su primer recital, hasta 1982, cuando se retiró de la práctica instrumental “a pedido del público”, bromea. En ese período dio 200 conciertos e interpretó 1.000 obras. “Hay que tener en cuenta que las obras renacentistas y barrocas suelen ser muy breves. No son cifras al azar: tengo todo documentado en una carpeta con programas y críticas periodísticas”.

Todo lo que sabe de la flauta se lo debe al maestro Bruno Bragato –reconoce–, y de la interpretación del estilo Barroco y Renacentista al maestro Ramón Antonio Gallo. Inició su actividad en la música de cámara en el Conjunto Pro Música Barroca que dirigía Gallo, hasta que en 1977 fundó su propio conjunto: Concertino. Grabó un disco con cada una de estas agrupaciones.

Desde 1993 hasta la actualidad es profesor titular de Investigación en la Escuela de Periodismo TEA (Taller Escuela Agencia).

Publicado en on 20 Abril 2007 at 10:02 pm Comentarios (5)

Retrato de Sergio Morero

retrato2Si, como generosamente imagina Sergio Morero en un párrafo de su autobiografía, he tenido el privilegio de ser uno de sus maestros, declaro que esa docencia es mutua.

Compartir tareas cotidianas en redacciones, a través de muchos años, comprobar el rigor profesional de su enfoque y disfrutar de sus notas – algunas de las cuales se reúnen en este libro – me ha permitido comprobar con cuánta justicia se le puede atribuir a Sergio la condición de persona. Una persona cabal, es decir, un hombre en quien el pensamiento, el sentimiento y la conducta son una sola cosa. Él posee, y enseña, la sólida convicción de que amar su trabajo, ejecutarlo lo mejor posible y contribuir así al bien común, es la mayor justificación de la existencia humana.

Morero encontró en el periodismo la vía para comunicar esa certeza, y lo ha ejercitado (lo sigue ejercitando desde la cátedra) con probidad ejemplar. Como se aprecia en sus entrevistas, sabe ser incisivo y, a la vez, respetuoso; y es agudo observador de los menudos detalles, a veces imperceptibles para el no entrenado en el oficio, que revelan la intimidad del personaje cuya semblanza se diseña. Si aplicáramos esa misma facultad de observación al esbozo de su propio retrato, no podríamos dejar de advertir la crepitante chispa de humor que recorre invariablemente sus textos. La misma chispa que brota de sus ojos calmos, de sus inesperadas ocurrencias, de la risa profunda que suele sacudir el exterior macizo y formal con que Sergio enfrenta las contradicciones y los disparates de este confuso mundo.

Atento, como todo buen periodista, a una realidad que hoy se presenta cada día más oscura y compleja, Sergio no se ha dejado ganar por ninguna triquiñuela efectista, por la facilidad de los lugares comunes con que el periodismo trivial soslaya su responsabilidad de informar, reflexionar y advertir. Lo suyo es de veras, es de adentro, y es transparente como su mirada. Por si fuera poco, es también portador de la música, esa misteriosa irrupción en el tiempo, de algo que está más allá del tiempo y de las inevitables miserias de nuestra condición. Me atrevería a sospechar, en fin, algo que a Morero tal vez lo perturbe en su auténtica modestia: no sólo es una persona y un maestro, es un artista.

Ernesto Schoo

Publicado en on at 9:56 pm Dejar un comentario

1. Introducción

Conocí a Sergio Morero cuando todavía Pájaro de Fuego estaba siendo incubado por su mamá pájara. Compartimos la alegría de ver nacer el primer número de la revista, y luego la vida bifurcó nuestros caminos.

Hoy, Sergio sigue practicando el periodismo desde la oficina de Prensa y Relaciones Públicas del Teatro San Martín. Pero sucede que, además, es músico, flautista y director del Conjunto de Cámara Concertino, agrupación fundada en 1977 y que entre mayo y noviembre de ese mismo año ofreció 27 conciertos y una presentación en televisión.

Fue difícil sustraerse a la tentación de pedirle al periodista que esbozara un retrato de él mismo como músico. Aquí están los resultados de ese original, amistoso chantaje intelectual.

Carlos Alberto Garramuño

2. Sorpresa

La propuesta del director de Pájaro de Fuego al principio me sorprendió. Pensé: “¡Qué dirán mis enemigos!”. Luego advertí que, en rigor, nadie tiene más datos que yo sobre el personaje a entrevistar.

De repente, el músico me dijo, aterrorizado: “¿Y la objetividad?”. Lo tranquilicé con una sonrisa paternal: “Por esta vez, nadie me pidió objetividad”. Así que acepté el desafío.

Nací hace demasiados años en la pastoril ciudad de Rafaela, provincia de Santa Fe. Exactamente el 5, del 5, del 35, a las 5. Así que en la lotería, la quiniela y la ruleta siempre corono al 5. Me va regular.

Cuando cumplí cinco años -¡otra vez el 5!-, mi familia decidió emigrar a La Falda, localidad ubicada en plenas serranías cordobesas. Como no tenía edad para oponerme, resolví acompañarlos.

Poco después de llegar, mamá decidió que mi hermana Martha debía estudiar piano y yo violín. No era un berretín extemporáneo porque en casa siempre hubo un ambiente musical, como corresponde a todo grupo de origen italiano.

Pese a este hándicap, resulté un pésimo alumno. Inventé mil excusas para no estudiar. La más divertida de las que me acuerdo: como mi papá tenía una carnicería, yo alegaba que las moscas no me dejaban concentrar. Mamá optó por espantármelas, durante la interminable hora diaria que yo martirizaba nuestros oídos y las cuerdas del violín, tropezando con escalas y arpegios. Al final se convencieron y, tres años después, el instrumento fue rematado en 45 pesos moneda nacional.

3. Según pasan los años

Completé en La Falda la escuela primaria, mientras paralelamente repartía fiambres y carnes del negocio del viejo. La primera tarea me proveyó los conocimientos elementales; la segunda, un físico rotundo que hoy hace pensar a la gente que me ve por primera vez que toda la vida jugué al rugby -en verdad, sólo superé la medianía jugando al ajedrez y al truco-.

La receta es fácil: se trata de pilotear una bicicleta (con canasto incorporado) con varias decenas de kilos de mercadería, y recorrer una y otra vez las suaves ondulaciones de las sierras que forman el Valle de Punilla. Ese “aerobismo” todos los días durante siete años.

También fui guarda de ómnibus. Un día. Se trataba de una línea que cubría el trayecto entre La Falda y el balneario municipal, distante tres kilómetros del pueblo. Como era -soy- terriblemente tímido, sólo le cobraba el viaje a aquellos que se acercaban a pedirme el boleto. Esa misma tarde, cuando le entregué la recaudación al dueño del ómnibus, me echó.

En 1946, hice mi primera y última -también breve- incursión en la política activa. Influenciado por el estado de ánimo pueblerino (La Falda fue siempre un bastión radical), durante la campaña proselitista para las elecciones de ese año me puse a despegar de una pared un afiche que recomendaba: “Vote Perón”. La patada en el culo que me dio un obrero municipal que estaba arreglando la calle barrió con mis convicciones.

Poco antes de comenzar 1950, con el ímpetu y el optimismo propios de la adolescencia, viajé a Buenos Aires dispuesto a conquistar la gran urbe. No lo conseguí. También aquí alterné los estudios de bachillerato con oficios varios: cadete de oficina, empleado de tienda, encargado de expedición de una ferretería, el mismo cargo en una pinturería, obrero gráfico, etc.

Por entonces mis gustos musicales alternaban entre Héctor y su Jazz y Alfredo de Angelis. Las peleas con mi hermana por manejar la sintonía de la radio eran sangrientas, pues ella -que había terminado el Profesorado Superior de Piano- insistía en escuchar la (para mí) soporífera música de Bach. Como tenía facilidad para los números -secuela, sin duda, de los vueltos que robaba cuando era repartidor en La Falda-, alguien en la familia pensó que yo debía ser ingeniero. Dos años duró esta vez la nueva ilusión. Un día de 1957, bajé los interminables escalones de la iglesia inconclusa situada en Las Heras y Pueyrredón -sede de los primeros años de la Facultad de Ingeniería-, cantando para mí: “No vuelvo más, no vuelvo más, no vuelvo más”. Adentro quedaron, para siempre, el tablero de dibujo, la caja de compases, la libreta de trabajos prácticos y la esperanza de algunos parientes de poner una chapa profesional en la puerta de calle para lustrarla devotamente.

Esta decisión trascendental no fue sólo mía. A ella contribuyó tenazmente un compañero de estudios, un santiagueño simpatiquísimo -¿conocen alguno que no lo sea?-, llamado Hugo Ger. El insistía en que mi futuro estaba en la música y no en la ingeniería. Su gesto no era del todo desinteresado: se pasaba las noches estudiando lecciones y dibujando láminas que yo copiaba al día siguiente. Yo ocupaba esas noches en frecuentar, religiosamente, el paraíso del Teatro Colón. Porque olvidé mencionar que, por entonces, ya la música grande circulaba por mis venas con tanta naturalidad como la sangre, bombeada por el corazón para oxigenar el cerebro. Me tomó de sorpresa el día que lloré después de escuchar el Vals de las flores, del ballet Cascanueces, de Tchaikovsky.

4. La flauta mágica

La flauta mágicaEntre paréntesis, en 1958 me casé. Es curioso, pero para mucha gente el matrimonio significa la resignación de ambiciosos proyectos. La mujer, para ocuparse de la casa y de los chicos; el hombre, para ganar el sustento en lucha desigual. Nosotros también, pero después de casados Alba comenzó y terminó su licenciatura en Sociología; yo me zambullí de lleno en el periodismo y en la música. No me parece necesariamente un mérito. Apenas una anécdota significativa.

Ese año decidí estudiar música seriamente. A los 23 años, me sentía viejo para intentar piano, violín o arpa. Como finalistas, quedaron sólo el oboe y la flauta traversa. Tenía ciertas preferencias por esta última, porque en mi fantasía escuchaba un sonido parecido al silbido humano. Y yo silbaba bien, porque tenía cuatro años cuando mi primo Elio me enseñó, tenazmente, a obtener melodías de ese maravilloso instrumento natural.

La polémica oboe-flauta se resolvió por casualidad. Todos los melómanos recordarán que 1958 fue un año excepcional para el Colón porque, con motivo de su cincuentenario, sus autoridades tiraron “el teatro por la ventana”. Nunca después se programó una temporada de tanta jerarquía. Una noche, la Orquesta Estable interpretó la Sexta Sinfonía Pastoral, de Beethoven. Solista de flauta: Bruno Bragato. Tocó como los dioses. Y allí se decidió todo.

Los pasos siguientes no fueron fáciles. Fui a la Asociación del Profesorado Orquestal y -con ese arrojo que solemos tener los tímidos cuando huimos para adelante- pedí hablar con el presidente. Este, asombrado, me recibió a pesar de no tenerme en la agenda de ese día. Y, quizá contagiado por mi entusiasmo, Benito Scaglia me dio el teléfono particular de su amigo Bragato.

La primera vez que llamé, la señora me dijo que el maestro no estaba. La sexta, que el maestro tenía muy pocos alumnos, y ninguno de ellos principiante. Y así durante nueve meses. Hasta que un día, milagrosamente, el propio maestro atendió la llamada (imposible confundir su ronco castellano con acento friulano). Su esposa, María “Beba” Bragato, había viajado imprevistamente a Montevideo y él, finalmente, accedió a conversar conmigo porque tenía curiosidad por conocer a este insistente aspirante a flautista. El encuentro fue de opereta:

-¿Así que usted quiere estudiar la flauta?

-Sí, maestro.

-¿Tiene flauta?

-No, maestro.

-¿Sabe teoría?

-Estudié cuando chico, pero me olvidé.

-¿Y solfeo?

-Un poco.

-Vea, yo le puedo recomendar a unos colegas…

-No, maestro. Yo quiero estudiar flauta con Bruno Bragato, el mejor.

-Mire que había sido testún (cabeza dura)… Ahora sé por qué llamó por teléfono durante nueve meses. Me gusta su entusiasmo, pero vamos a hacer un trato. Estudie unas cuantas lecciones de solfeo, y trabajaremos un par de meses. Si no tiene condiciones, lo tiro por la ventana. Ni usted ni yo tenemos tiempo para perder.

-¿Cuánto me va a cobrar?

- Nada.

(Volví a su casa el 15 de marzo de 1959, a las cinco de la tarde.)

-¿Hasta dónde estudió?

-Hasta la lección Nº 50 -respondí, con sonrisa triunfal.

-A ver. Lea la 51.

(Fueron dos meses de estudiar solfeo como una obsesión. Y después.)

-Vea, Morero. Usted tiene a favor entusiasmo y musicalidad. En contra, sus nervios, la edad, los compromisos familiares. No debe pensar en hacer de esto una profesión, pero igual nos vamos a poner a trabajar. Además, ahora tiene flauta. Le compré este instrumento a la hija de un viejo flautista rosarino ya fallecido. Estaba guardada en un baúl, pero todavía suena.

(Y me entregó una pesada flauta de ébano, bastante vetusta, pero que a mis ojos era la mismísima flauta mágica que soñó Mozart.)

-¿Cuánto le costó, maestro?

-1.250 pesos.

-Pero yo no tengo esa suma

-Bueno. Me la pagará como pueda.

-¿Y las lecciones?

-Después hablamos.

-No. Si usted no me cobra, yo no estudio.

-¡Ufa! Siempre el mismo testún. Está bien: págueme los cigarrillos.

(Una de mis preocupaciones fue, desde entonces, averiguar cuántos paquetes de Saratoga rubios fumaba el maestro Bragato para, todos los fines del mes, simular que escondía bajo un jarrón del living los 200 pesos de honorarios que él no se resignaba a cobrarme.)

5. La edad de la razón

Con la misma falta de método que tiñó mis incompletos estudios de violín, ingeniería, dibujo publicitario y sociología, descuidé la frecuentación de los libros que hubieran consolidado mi técnica instrumental. Y dos años después de haber aprendido a sostener una flauta -en 1961-, aproveché la paciencia y los conocimientos del maestro German Weil para incursionar en la música de cámara, durante los históricos cursos que dio en el Collegium Musicum.

Un año después, hice mi primer trabajo serio -y rentado: una cerveza-, seleccionando la música de fondo de la obra El cántaro roto, de Heinrich von Kleist, puesta en escena por mi amigo Rubén Pesce en el teatro Florencio Sánchez. La grabación, en dos flautas, la hicimos con Eleonor Muchnik, también alumna de Bragato.

Y el 9 de agosto de 1963, en la Sociedad Hebraica Argentina, di mi primer concierto público acompañando al violoncelista Leo Viola y al flautista Jorge Caryevschi. Tomé tantos calmantes que no me acuerdo casi nada de ese debut. El público aplaudió mucho. Al final, vino a saludarme el maestro Bragato, quien se había escondido entre las últimas filas de la platea. No sé quién de los dos sufrió más hasta que todo hubo terminado.

No me puedo quejar de la suerte, porque siempre tuve buenos maestros. Aprendí a arrancarle notas a una flauta con Bragato -sus alumnos pueblan hoy las orquestas de todo el mundo-, los primeros secretos de la música de cámara con Weil, y todo lo que sé sobre el período barroco con Ramón Antonio Gallo.

En 1965, junto con el clavecinista Roberto Giacchino, aportamos nuestro entusiasmo al Conjunto Pro Música Barroca fundado por Gallo en 1957, que durante la década siguiente conoció su período más brillante, actuando en las salas más importantes de Buenos Aires y el interior del país y en todos los canales de televisión. Guardo prolijamente los recortes en mi carpeta de antecedentes, y ahora que los cuento no me parecen reales: participé en unos doscientos conciertos interpretando casi un millar de obras.

A pesar de este éxito aparente, había algo que no me satisfacía: la rigurosa formalidad que rodea a todo concierto tradicional. A los nervios propios de toda presentación sobre el escenario, más la atención constante que significa en la música de cámara “oir” los otros instrumentos, se sumaba el calor que generalmente da el smoking, la severidad de su color negro, la corbata moñito que atenacea el cuello, la tensión que transmite el silencio del público, o las ahogadas toses que denuncian también su incomodidad, etc.

En agosto de 1972 tuvimos oportunidad de hacer música en un ambiente más informal, cuando fuimos contratados por Concertino, el primer café-concert de música culta, como prometía la publicidad del local regenteado por la musicóloga Susana Espinosa. Como Susana era también la maestra de ceremonias, se encargaba de invitar al público a recorrer la exposición de cuadros y esculturas que albergaba el salón, y luego a escuchar nuestra música.

El espectáculo era alternado con explicaciones sobre los autores que figuraban en el programa, diálogos con Gallo, Giacchino o yo sobre las características de los instrumentos, y respuestas a las inquietudes de los oyentes. En el entreacto se servía una copa de buen whisky y luego… media hora más de música. Fue uno de los momentos más gratificante de nuestra azarosa carrera artística.

6. Epílogo

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Hasta que llegó 1977, año en que pude practicar sobre un escenario todas las experiencias acumuladas anteriormente.

Fundé un conjunto de cámara llamado precisamente Concertino, que el año pasado ofreció un ciclo de recitales en el Centro de Arte y Cultura San Pedro González Telmo -una hermosa casona colonial del 1829- con el rótulo de Música barroca sin corbata.

El título parece obvio: nos vestimos como se nos da la gana, conversamos con el público, explicamos todo lo que sabemos sobre autores, obras e instrumentos poco conocidos. Para dar un solo ejemplo: Concertino posee el único ejemplar de órgano portativo que existe en el país. Se trata de un instrumento construido especialmente por un artesano alemán para nuestro conjunto, quien puso una sola, curiosa condición para acceder a nuestro encargo: el órgano debía servir para ser tocado en conciertos y no para adornar las vitrinas de un museo o el estudio de algún coleccionista pudiente. Demás está decir que el órgano portativo es una pieza irreemplazable en todos nuestros recitales.

Formar el conjunto tampoco demandó mucho trabajo. Bastó con convocar a los mejores músicos con quienes había trabajado hasta entonces. Con la flautista Eleonor Muchnik trabajo desde 1962; con el clavecinista Roberto Giacchino -también intérprete de órgano portativo, cromorno y korholte-, desde 1964; con la soprano Carmen Favre, desde 1966; con mi hermana Martha, mezzosoprano, desde 1970; Roberto De Vittorio, por ser el último en incorporarse a la troupe (1977), hace méritos interpretando el violoncelo, el cromorno, el laúd y la teorba. Esa es la estructura básica de Concertino-más Juan Carlos Rennis, que vigila nuestras finanzas- pero en cada presentación se agrega algún artista invitado. Entre los más fieles: Mario Fiocca, violista; Juan Guillermo Giunchetti, tenor: Michel Gautin, fagotista. Y este año incorporaremos a algunos más.

La mecánica de la agrupación permite que los conciertos sean sumamente versátiles. Todos los febreros comenzamos a ensayar obras, pero en grupos no mayores de dos personas: las cantantes por un lado, el bajo continuo por otro, los instrumentos melódicos elaborando sus partes solistas, etc. Cuando cada uno de los músicos tiene sus partes bien leídas, comienza el trabajo de conjunto. Una tarea que a mediados de abril permite integrar un repertorio con medio centenar de partituras. Y con ellas nos manejamos toda
la temporada, tocando cada noche una selección acorde con nuestro estado de ánimo o el del público.

El resultado no puedo juzgarlo yo. Pero con este sistema, este “método” -¡por fin lo conseguí después de tantos años!-, están dadas todas las condiciones para que el interprete de, cada noche, lo mejor de sí. Que no es poco.

Dentro de este esquema, con pocas variaciones, me seguiré manejando los próximos años. Cuando el fiato ya no me alcance para tocar en flauta un aria de Bach, y los dedos no acierten con las teclas de la máquina de escribir para borronear notas periodísticas como ésta, habrá llegado el momento de dedicarme con pasión a mi objetivo último: ser una persona, un hombre sensible.

Publicado en la revista “Pájaro de Fuego” Nº 6,
mayo de 1978.

Publicado en on 15 Abril 2007 at 7:16 pm Comentarios (1)

Libros publicados

Bastones LargosSergio Morero es autor de dos libros: La Noche de los Bastones Largos, cuya primera edición se distribuyó como libro/documento el domingo 28 de julio de 1996 junto con el diario Página/12, puesto que al día siguiente se recordaban los treinta años de esa aciaga noche, cuando el gobierno del dictador Juan Carlos Onganía avasalló a sangre y fuego la autonomía de las universidades argentinas.

El libro fue escrito con la colaboración de los periodistas Ariel Eidelman y Guido Lichtman integrantes, como el autor, de la cátedra de Investigación de TEA (Taller Escuela Agencia). El libro narra, en boca de sus protagonistas, los sucesos más salientes de ese atropello.

La segunda edición fue publicada en noviembre de 2002 por el Grupo Editor Latinoamericano, y fue presentada durante un acto público encabezado por el rector de TEA, profesor Fernando González, y realizado en el Auditorio de la institución.

MilitantesEl otro libro, Militantes de la Cultura, apareció en septiembre de 1995 (en edición del autor), y contiene entrevistas a artistas que desfilaron por los escenarios del Teatro San Martín durante los años en que el autor se desempeñó como Jefe de Prensa de esa institución cultural.

La segunda edición, también publicada por el Grupo Editor Latinoamericano, fue presentada durante un acto realizado el 9 de octubre de 2002 en los salones del Teatro San Martín, presidido por el director general y artístico de la institución, Kive Staiff.

Ambos volúmenes pueden ser adquiridos en todas las sucursales de Yenny y Librerías Santa Fe, además de otras importantes librerías del país.

Publicado en on 14 Abril 2007 at 9:34 pm Dejar un comentario

Concertino en el Teatro San Martín *

Lado 1: Sonata en Fa Mayor Opus 1, de Benedetto Marcello – Trío Sonata en Fa Mayor, de Georg Philipp Telemann – Musette, de François Couperin – Lost is my Quiet, de Henry Purcell – Sonata Nº 6 en Fa Mayor, de Giuseppe Sammartini.
Lado 2: Concierto en Do Mayor (Largo), de Antonio Vivaldi – Ronda y Saltarello, de Tielman Susato – Falai, miñ’ amor, de Luys Milan – En la fuente del rosel, de Juan Vázquez – Sonata Il pastor Fido, de Antonio Vivaldi – En qué nos parecemos, Romance del enamorado y la muerte y Din-di-rin-din, anónimos españoles – La Tricotea, de Alonso.

Por el Conjunto de Cámara Concertino: Carmen Favre (soprano), Martha Morero (mezzosoprano), Juan Guillermo Giunchetti (tenor, guitarra), Eleonor Muchnik (flauta traversa, piccolo), Sergio Morero (flauta traversa), Roberto Giacchino (clave, órgano portativo). Dirección general: Sergio Morero.
Disco Executives Nº 039.

* Grabado en vivo en la sala Carlos Morel del Teatro Municipal General San
Martín de Buenos Aires, entre el 12 de mayo y el 3 de junio de 1979.

Concertino Poster

Como su nombre lo indica, la presente placa fue grabada durante la ejecución de varios conciertos en el Teatro San Martín entre mayo y junio de 1979, lo que hace aún más relevante la calidad en todo lo concerniente a pureza del sonido, fidelidad, falta de seguridad y vacilaciones en la ejecución, etcétera. Lo que habla, en primer término, y en lo inherente al conjunto, de su envidiable grado de madurez alcanzado, a pesar de que la fecha de su fundación sea relativamente reciente, mayo de 1977. Pero mucho, rico y
pródigo es el camino desde entonces recorrido (y la valoración del disco aumenta aún más si se tiene en cuenta que no fue registrado en una de la salas del teatro, sino en el foyer central).
Varias, y de empinado mérito, son las cosas que hay que agradecer a Sergio Morero, director de Concertino y a todos y cada uno de sus integrantes. En primer término, que hayan formado, en exclusivo beneficio de la ciudad, un corpus musical como el que desde hace tiempo enorgullece a Rosario (el Pro Música, pero del cual nosotros carecíamos, y dejo completamente de lado cualquier otra clase de comparaciones o de paralelo). Luego, la rigurosa y cuidadosa selección del repertorio, que abarca a varios compositores del Barroco, que se interna en el Renacimiento, y todavía algo más atrás, en los fines del Medioevo, eludiendo (salvo en el caso de Vivaldi, y esta inclusión no puede ni debe serles reprochada), lo trillado, lo divulgado, lo repetido. Esto es querer a la música: una fundamental actitud de humildad ante ella. Queda, por supuesto, lo más valioso: la calidad de las ejecuciones, pero conviene, primero, una rápida ojeada al repertorio.

Las obras

Rara y hermosísima es la sonata de Marcello, en cuatro movimientos, impregnados todos ellos de la nostalgia característica del autor, rica melódicamente, y con un final alla marcia que no puede haber sido ignorado por Mozart. De Telemann, contemporáneo de Bach –rico y adulado por la fama en tanto penosamente sobrevivía el último–, un Trío profundo, sólidamente estructurado, testimonio de las tendencias de la época (primera mitad del siglo XVIII) y también de que por allí cerca andaba llenando carillas pentagramadas el gran Johann Sebastian. Una deliciosa composición de Couperin, el Grande (una Musette) quintaesencia del barroco francés, y otra, madrigalesca, de Henry Purcell (como se ve, la placa responde, incluso geográficamente, a las necesidades expresivas de esos siglos), y una imponente Sonata de Giuseppe Sammartini (cuya vida transcurre entre 1693 y 1770), a la vez que clausura la primera faz del disco, testimonia que, con muy pocos instrumentos, puede hacerse música de la mayor. Dos obras de Vivaldi figuran en la segunda parte: las restantes, casi en su mayoría españolas, algunas de ellas de autores anónimos (incluso una, la referida al enamorado y la muerte, pertenece al inexhausto cancionero popular del romancero), traen de la mano al amor, al baile, casi sin excepción a la alegría, y una, la de Luys Milan, aporta en una breve y deliciosa composición, los acentos de la tierra gallega, tan rica en tradiciones y en folklore como cualquiera de las restantes regiones de España.

Los intérpretes

Queda por consignar el hecho principal: el de la disciplina, la homogeneidad, el grado de madurez del grupo, parco cuantitativamente, extenso, en cambio –y esto es lo preferible– en méritos y en virtudes. Las voces de Carmen Favre (quien conoce una carrera ya prolongada y de alta nobleza) y la de Martha Morero, soprano y mezzo respectivamente, se complementan de modo ideal, modulan con transparencia, tienen afinación, timbre mucho más que agradable, y ambas saben de qué manera manejarlas para que esa perfección técnica no se traduzca, en momento alguno, en frialdad. Cuando canta sola, Martha Morero impresiona por su frescura y su flexibilidad. Lo mismo corresponde decir de Juan Guillermo Giunchetti, tenor cuya voz corre con luminosa ternura y suavidad, de dulzura intrínseca y gran emotividad y, como si todo esto no fuese suficiente, excepcional tañedor de guitarra (vihuela se la llamaba en aquellos años, y tan cercana al laúd). Eleonor Muchnik seduce siempre, ya se valga de la flauta traversa o del más indócil (pero en sus manos pájaro domeñado) piccolo. Roberto Giacchino impresiona notablemente por la pureza de sus ejecuciones en clave, por la fluidez con que maneja el órgano portativo (o portable, que así también puede denominársele). Por último –de ninguna manera el último–, Sergio Morero, en su triple papel: como director, es el alma del conjunto. Ha conseguido la más plena sazón en el estilo, los intérpretes siguen fielmente sus indicaciones, y el resultado, espléndido, es el que precedentemente se acaba de reseñar. Si toma entre sus manos la flauta traversa, ésta, al igual que en el caso de Eleonor Muchnik, se transforma en un pájaro de canto armonioso y seductor. Como barítono, posee una voz muy segura, bien colocada, fluida y en extremo convincente. Y una última reflexión. Conozco de memoria las dificultades con las que tropiezan todos los que se inician (y algunos que no se inician también), en esto de hacerse escuchar en público. El conjunto que ahora me ocupa es digno de que algunas de nuestras sociedades de concierto lo incluya en su programación; no vienen muchos, del extranjero, que los supere. Y esto redundaría en beneficio de todos: más fogueo para sus integrantes, y segura ocasión de deleite para la concurrencia. Que Concertino, pues, continúe, a lo largo del año que acaba de iniciarse, ofreciendo (y desdiciendo su nombre) concertone, la mayor cantidad de ellos; el auditorio, cada vez, y a no dudarlo, estaría de fiesta y de plácemes.

Calidad técnica: la máxima
The end: ¡Aplausos!

César Magrini

Publicado en El Cronista Comercial el jueves 8 de enero de 1981.

Publicado en on 13 Abril 2007 at 1:32 pm Dejar un comentario

Sobre el diseñador

Pablo Lisotto nació el 13 de mayo de 1975. Egresó de TEA como Técnico Superior en Periodismo en 1998, institución en la cual tuvo como docente a Sergio Morero, ahora compañero de trabajo.

En su carrera ha realizado, entre otras, la cobertura del Mundial de fútbol 2002 y 2006, Juegos Olímpicos 2000 y 2004, Copa Davis, Mundial de Voley y Mundial de Hockey 2002, y Juegos Panamericanos 2003 para diversos medios, además de realizar la cobertura de los partidos de Boca Juniors entre 1998 y 2004.

También colaboró en los libros “Obras maestras del error” (Juan José Panno, Colihue 1998) y “Vivir en los medios. Maradona off the record” (Leandro Zanoni, Marea 2006).

Actualmente es el editor de la página oficial de la escuela de periodismo TEA y DeporTEA, y es el director de los blogs Dame Pelota (periodismo de frente) y Vamos que Salimos! (agresivo pero simpático).

Publicado en on 12 Abril 2007 at 12:50 pm Dejar un comentario